El 8 de julio, otro día de sol, temperatura moderada, una caminata agradable de 21 kilómetros desde Larrasoaña hasta Cizur Menor, un pueblo un poco al poniente de Pamplona, donde estaban en plena celebración de la fiesta de San Fermín, la fiesta de los toros. La Plaza del Castillo y el Café Iruña - centros neurálgicos de las celebraciones - me trajeron muchos recuerdos, de conversar con Hemingway en 1959, de pasar por aquí - muchos años después, por supuesto - con Martha Luz y después con Ricardo Blanco. La alegría que sentí en este momento fue templada por la soledad, de no estar bien acompañado esta vez. Pero igual, gocé. De la gente bailando en el café, de las familias almorzando en la calle. Y casi todos vestidos de blanco y rojo, la tradición de la fiesta.
Trajo recuerdos también de otra fiesta, la del carnaval de Oruro, que celebramos varias veces con íntimos amigos, algunas veces acompañando a nuestras hijas que formaron parte del Grupo de San Simón de Cochabamba, bailando a unos 3,700 metros sobre el nivel del mar, en tacos altos sobre calles empedradas, por tres o cuatro horas, hasta llegar al Santuario de la Virgen del Socavón. Después de asistir y participar en el carnaval de Río, no me pude imaginar nada mejor. Pero la experiencia del de Oruro me abrió a otro mundo.
También me quedé impresionado por el hecho de que, en mi primera experiencia en Oruro en 1995, el Presidente de la República estaba sentado con la Primera Dama, el Vice Presidente y su señora, en medio de la plaza central, sin virtualmente ninguna seguridad, casi como cualquier otro miembro del pueblo, disfrutando de la fiesta.
En cuántos países del mundo podría el presidente estar tan expuesto sin ningún riesgo, en 1995, y ahora, casi 20 años después?

No comments:
Post a Comment